La Experiencia Personal de Migrar

 inmigrantes

“Llegué a Barcelona a vivir en un apartamento oscuro

 y de techos aplastantes en días de invierno, gris y lento.

Salía apenas lo necesario para comprar el pan,

y volví a mi cueva a escribir; pero, sobre todo a llamar por teléfono.

Vivía 48 horas diarias: 24 en el país y 24 aquí…

echaba de menos a mi gente, las travesías por las cordilleras y los llanos,

 me hacían falta hasta mis enemigos”

Alfredo Molano 2005

 

En el año 2006 tuve la oportunidad de investigar en la ciudad de Alicante, y desde la metodología cualitativa relatos de vida, la experiencia de niños y adolescentes inmigrantes acogidos en residencias de la Conselleria de Bienestar Social de la Generalitat Valenciana, estos niños y jóvenes desde Marruecos se escondían en los barcos para cruzar a España, otros desde Europa del Este viajaban en la parte baja de los autobuses para cruzar las fronteras. Todos ellos pretendían realizar sus proyectos migratorios y sobre todo los de su familia,  quienes ponían sus esperanzas de mejorar su calidad de vida a través del acto heróico de uno de sus miembros. La realidad es contundente, estos jóvenes no sólo comienzan a vivir en situación de calle, sino que para cruzar las fronteras se convierten en víctimas de mafias explotadoras.

La realidad del inmigrante latinoamericano es muy distinta, y la del venezolano, aún más. El inmigrante venezolano suele ser adulto, tener un elevado nivel de estudio, e incluso experiencia profesional, por lo que no se imagina que como cualquier otro inmigrante tendrá que luchar para sobrevivir en una sociedad competitiva, y que con frecuencia vivirá exactamente las mismas experiencias que experimenta cualquier inmigrante: preparación para migrar,proceso de convivir en una nueva sociedad, retorno o en caso de ser exitosa la experiencia adaptación.

Como cualquier otro inmigrante la experiencia subjetiva implica sentir soledad, una soledad que en lugar de unir en solidaridad, muchas veces aisla y separa. Hay la sensación de estar incompleto: “al corazón le falta un trozo” (Murillo J.  Gonzalez V. 2009)  Entre los mismos inmigrantes suelen darse interacciones en la que competencia por la supervivencia no deja espacio a la solidaridad.

Experimenta dolor al recordar su historia personal y familiar, se vive un proceso de duelo, con sentimientos como la incertidumbre, desarraigo, vacío, acomodación y resignación. Sentimientos que en oportunidades conducen a la anestesia afectiva, a endurecerse.

“Cada inmigrante está atado a esa parte del planeta que le construyó unos valores, le dio familia, amigos, y en cierto sentido le dejó ser… vivimos apegados al olor de la guayaba” (Murillo J.  Gonzalez V. 2009)

Generalmente hay motivos para migrar que son conscientes como mejorar la calidad de vida, y hay motivos inconscientes como temor a la asfixia por el excesivo control familiar, presión familiar para mejorar calidad de vida, aliviar el dolor de alguna decepción, búsqueda de novedad y desafíos, entre otros.

Después de disfrutar de los primeros meses en el país de acogida, de experimentar el descubrimiento turístico pleno de placer y recreación se comienzan a confrontar con sentimientos y emociones dolorosas, comienzan a tener dificultad para descifrar los códigos de la nueva cultura.

El duelo migratorio es múltiple y por tanto complejo: duelo por la familia y amigos, por la lengua, la cultura, la tierra, por el contacto del grupo étnico, duelo por no poder regresar.

La crisis económica mundial dificulta la búsqueda de trabajo, y por tanto la supervivencia. La ilusión de ganar en una moneda más fuerte se desvanece al ver que los egresos impiden el ahorro.

Quienes se adaptan cambian su jerarquía de valores, se relacionan con los nativos como un desafío, tanto que creen que ellos no son discriminados, los discriminados son otros. (Motoa A Puyana Y. y Viviel A. 2009) Quienes se adaptan hacen una redefinición de su identidad sociocultural y personal. Tienen capacidad de negociar con la realidad. Algunos experimentan la migración como una situación de crecimiento personal y espiritual: “Me he construido como persona y sigo haciéndolo”, “no es mi sueño, ni mi frustración… es el camino que Dios tenía para mí”. (Motoa A Puyana Y. y Viviel A. 2009) Un camino que solo cada persona puede recorrer por si misma.

Mientras más adecuada sea la adaptación de la persona, también la convivencia con la sociedad de acogida para los hijos y las generaciones subsiguientes estará fundamentada en vínculos más estrechos, estables y sólidos.

 

 

Bibliografía:

 

Murillo Javier, Gonzalez Valentín Rostros de la Inmigración. Experiencias comentadas de inmigrantes colombianos y ecuatorianos en España. Bogotá. Fundación Esperanza. 2009.

 

Motoa Ayda, Puyana Yolanda y Viviel Adriana. Entre aquí y allá. Las familias colombianas transnacionales. Bogotá. Fundación Esperanza. 2009.